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El origen del orden y el nacimiento de los Orichas (I)

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RELIGIONES

Escrito por Rosa María de Lahaye Guerra- Rubén Zardoya- Cubadebate

Sobre el nacimiento de los santos africanos nos llegan varias versiones esencialmente idénticas de un mismo relato mítico. En esta entrega se presentan las de Pedro Arango y Nicolás Angarica, Babalawos cubanos.
La primera, con la firma de Pedro Arango, reza como sigue:

 

 

 

 

“En África como en todos los lugares tienen su creencia fundada en lo original e histórico. Se dice que antiguamente antes de cristo andaba en este mundo y cuando eso no había ni árboles ni ríos, ni mares sino llamas, candelas y fogajes. Esto sucedió por muchos siglos y como consecuencia de este vapor producido por las llamas se acumularon muchos gaces formando nubes que no se mantenían en el espacio y todo por voluntad de Olofi. Entonces esas nubes errantes cargadas de agua se descargaron sobre las llamas en la parte que más intenso era el fogaje, y como era tanta el peso de esas aguas se abrió la tierra esta se fue hundiendo formando grandes charcos que son conocidos hoy por océanos y como es donde nacen todos los Yemayases, desde Olokun hasta Okutí. Después de esas llamas se fueron acumulando hasta que se convirtió en lo que hoy llamamos Sol, nacen Aggayú. Después las zenisas de aquellas rocas y cuerpo sólidos se fueron acumulando y mezclándose con el vapor y la humedad se convirtieron en fango y pestilencia que segun dicen nace Sán Lázaro, más tarde la tierra se fue tornando más fértil y húmeda dando origen a las plantas y flores nace Osain. A consecuencia de las masas de vapor y humedad que se derramaba sobre la tierra se fueron abriendo brechas y canales para alojar ese líquido dando origen a los ríos (nacen los Ochunes desde Ikole hasta Ibuindo) todas las rocas no fueron quemadas y mediante procesos se tornaron en montañas y lomas (nace Oké) se dice que el volcán dió origen a Aggayú. Y por eso se dice que es Oroiña que quiere decir hijo de la entraña de la tierra. Obatalá fue creada por obra y gracia del Señor Olofi.” (Se conserva la sintaxis, la puntuación y la ortografía del texto original.)

Es apreciable la escasa información de orden económico y sociológico que contiene este patakí. De la vida económica de la comunidad en la que el relato tuvo origen -o en la que se transfiguró- apenas cabe sospechar la importancia de la agricultura y la pesca; y de sus relaciones sociales, cierta jerarquía de poderes rematada en una voluntad única. Pero el patakí resulta sumamente rico desde el punto de vista de la representación de la naturaleza y del lugar que en ella ocupan los elementos primigenios: fuego, agua, tierra y aire (vapor, gas). Este aspecto es el que aquí nos interesa.

Antes de la génesis fueron Olofi y el fuego -parece gritar a voces el relato-, el principio inteligente o voluntarioso y el caos. “No había ni árboles, ni ríos, ni mares sino llamas, candelas y fogajes”, todo un antimundo, un mundo sin parámetros lógicos, pura destrucción y pura anomia, en las que no cabe la existencia humana. La voluntad de Olofi marca el fin de la incoherencia del fuego, el fin de lo que hubo antes del inicio (”antes de cristo”). El vapor de las llamas produjo la acumulación de gases… y el agua se hizo, y con ella, el cosmos, el orden que adquiere su primera determinación en la figura del mar, de “los grandes charcos que son conocidos hoy por oceanos y como es donde nacen todos los Yemayases. “Una vez el mar, el caos huye y el universo adquiere una fisonomía humana: el fuego acorralado se hace sol (Aggayú), de las cenizas y la humedad nacen las ciénagas (”fango y pestilencia”, San Lázaro o Babalí Ayé), las tierras fértiles, las plantas y las flores (Osain), los ríos (Ochún); y allí donde el fuego no consumó su obra destructiva, las montañas y las lomas (Oké), y el volcán (Aggayú); figura esta última en la que el caos parece advertir que, aunque desplazado, aún asecha y puede hacer saber de sí.

Veamos una segunda versión, que debemos a la pluma de otro renombrado santero, Nicolás Angarica:

“En África como en todas partes tienen sus creencias fundadas en algo original o histórico. Se dice que antiguamente andaba en la tierra y cuando Olodumare andaba en este mundo, en este planeta, no había tierra ni árboles, ni nada, únicamente rocas en llamas y esto sucedió por muchos siglos y como consecuencia de este vapor producido por las llamas, se acumularon en el espacio una gran cantidad de vapor o sea de nebulosa que ya no se sostenían en el espacio, esto era porque Olofi quería que todo esto se hiciera y entonces descargó todas esas nebulosas o vapor ya convertidas en agua sobre las llamas; apagadas las llamas, en la parte que más trabajó la candela se quemó esa parte, quedando más honda que la otra parte, y esos son los grandes océanos de hoy en día como se ve es donde nacen todos los Llemayaes, del mar desde Ecute hasta Olocúm.

Después entiende el africano que esa llama que había en este planeta y que no existe, es cumpliéndose la voluntad de Olodumare, ahora está en el cielo iluminado todo lo que es el sol Agallú. Antiguamente este santo era más temido y respetado que hoy. Después de muchos días las cenizas de aquellas rocas encendidas se fueron acumulando para las partes más altas y así se fue formando una masa fangosa, era la tierra, esta es Orisaoco, su nacimiento. Después esta masa de tierra fangosa trajo como consecuencia pudrición y fetidez, origen de las epidemias, ahí nace San Lázaro, después pasaron los tiempos y ya la tierra era una masa compacta y fértil, empezaron a salir las plantas, las yerbas. Ahí nace Ozain como consecuencia de las masas terrenales y buscando su desahogo el vapor terrenal se formaron todos los ríos de ahí  nacen los Ochunes de nuestros días, desde Icole hasta Ochún- Ibu Indo y como estas rocas no fueron totalmente quemadas o destruidas todas, quedaron grandes cordilleras muy altas y muy firmes, que ni los huracanes, ni los meteoros son capaces de destruirlas, estas grandes lomas son Oque; nuestro gran Oque, que únicamente Olofi lo destruye. De ahí, de Oque, nace Ogún, de la loma que es la parte de la tierra donde más se originan los volcanes, por donde salen todas las clases de metralla de Ogún; y este, el volcán, es el que partió a Agallú, de ahí sale todo para los santos fuertes, de ahí porque se le llama a su mamá Oro Iña porque es hijo de la entrada de la tierra, de donde nace el volcán que a su vez es el mismo Agallú. Razón por la cual se le considera en África el más fuerte de los santos, porque para ellos el volcán es más temible que el mar, que es donde nació la poderosísima Olocum.”

Como podemos apreciar, en esta versión no encontramos indicaciones adicionales de orden económico y sociológico, salvo, a través de la figura de “la metralla”, cierto indicio controvertible de la utilización del hierro y las armas de fuego. Sin embargo, en relación con la anterior, en esta versión se acentúan algunos motivos y se introducen elementos significativos.

Para designar el principio” que andaba en este mundo” antes del inicio y que “así quería todo esto”, Angarica utiliza indistintamente los nombres Olodumare y Olofi, denominación esta última que ha predominado en Cuba para designar al Supremo Hacedor y Padre Universal. Luego -y esto es mucho más importante para la inteligencia del asunto que nos ocupa- Angarica no sólo llama “Agallú” (sic.) al volcán, sino también al sol, como si al hacerlo, subrayara la identidad ígnea de ambas potencias. Lo que en la versión de Arango apenas se esbozaba, parece aquí una aseveración: el fuego es, no más, fuego, en tanto caos, en tanto realidad anterior al origen, a la llegada fundante del agua; en la forma de sol o de volcán, de naturaleza ordenada, el fuego es algo más: es una deidad, el poderoso Aggayú (o “Agallú”, según el texto de Angarica). Y es que los orichas, exceptuados Olofi y Obatalá, principios supremos, son hijos del agua, de la mar.

Cabe llamar la atención sobre el hecho de que, en esta segunda versión, se subraya la asechanza del fuego-caos, que ha encontrado refugio en la entraña de la tierra (Oro Iña) y ruge por la boca del volcán Aggayú, “más temible que el mar, que es donde nació la poderosísima Olocúm”. La contraposición fuego-agua (caos-cosmos) abre y cierra el relato.

Finalmente, Angarica establece una distinción significativa entre los descendientes terrestres del agua: primero es Orisaoco, la tierra; luego San Lázaro, la ciénaga y la epidemia; por último, Osain, las plantas y la hierba que nacen sobre la tierra fértil. Hace aparición también el primero de los “santos guerreros”, Oggún, “la metralla”, hierro de artillería que se origina en los volcanes.

(Continuará)

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